TESTIMONIO DE ALGUIEN QUE SÓLO VE EL NEGRO
Soy Antonio. Sesenta y siete años. Viudo. Pintor de acuarela y óleo. De brocha gorda cuando se volvía aburrido el color de la casa. Padre de dos jóvenes profesionistas. Uno es ingeniero y vive en Canadá y la otra, dentista. A los dos les gusta dibujar también. Abuelo de tres adolescentes incorregibles pero buenos muchachos. Lector por convicción. Estoy ciego desde hace cuatro años.
Acostumbrarme no fue fácil. Es más, no creo llegarlo a hacer. Sigo tropezándome con todo a mi paso, a veces pierdo el equilibrio y en ocasiones confundo las voces de mis nietos. No puedo mentirle a nadie, no es nada fácil.
Hace unas semanas me preguntó mi nieto Carlos que cómo soñamos los ciegos. Reaccioné muy ofendido. ¿Cómo era posible que ese chamaco se propusiera herirme de tal forma? Me sentí humillado, burlado… me sentí envidioso. No recuerdo si le contesté, pero sí que me levanté de la mesa del jardín, tropecé con una silla, luego con tres escalones, con un balón de americano y después con el marco de la puerta; y así: rebotando, llegué a mi cuarto y me senté en la cama a refunfuñar. Ya después de unos minutos, me di cuenta de que la pregunta era inteligente. Jamás me había puesto a reflexionar en la diferencia de mis sueños, con un antes y un después. Es más, no podía recordar si todavía soñaba.
Esa noche, me propuse hacer el experimento de poner atención a todo lo que apareciera en mis sueños. Fue después de días que tuve uno de esos que podría ser una revelación:
Es un jardín. El viento ha cobrado personalidad propia, es como si me susurrara algo. Las hojas de los árboles se mueven y aplauden todo eso que el viento dice. Las aves cantan y unas lo hacen tan bien que parece que recitan un poema ; otras, nada agraciadas, dan discursos políticos de esos que sólo dejan un rasposo malestar en la garganta. Creo que hay unas grandes porque el pillido es más profundo.
Es el jardín de mi casa. Los matorrales de la esquina están ahora haciendo una melodía de cascabeles. El viento; es el viento quien hace que todo tenga vida. Con un silbidito dirige toda una orquesta y con el vaho de su boca se dibuja en el espacio una mano que carga una batuta. El columpio rechina agudo y grave; agudo y grave… Es un vals; ese que solíamos escuchar mi esposa y yo. ¿Qué es ese zumbido? Izquierda… derecha… ¿qué es eso?... izquierda otra vez. ¿Será un colibrí? ¿Será?... - Prrrt – Prrrt. - ¿Alguna vez me había detenido a escuchar a un colibrí? - Prrrt – Prrrt. – Ese ruidito se ha quedado suspendido frente a mí. Me inquieta sentirlo tan cerca, que puedo escuchar el crujir de mi piel al enchinarse cada poro. ¿Qué hacen los colibríes? ¿Cantan, graznan, pillan?
Aquél gracioso sonido se ha convertido en un estruendo que se oye igual a un helicóptero. No entiendo por qué me he montado en él. No estoy seguro si es un colibrí gigante o es un helicóptero con plumas, pero ese ruido me taladra la mente y no me deja pensar. Bueno, ¿y para qué pensar?...
He decidido dejarme llevar. La velocidad corta el viento y hace chillar sus cuerdas de violín. ¡Qué locura! La primera sensación de libertad que tengo desde que perdí la vista. El ruido de las hélices del colibrí retumba en mi pecho que se vuelve tambor haciendo magia en un ritual. Mi respiración suena acompasadamente agitada, el viento zumba cada vez más agudo…
Abrí los ojos. Por supuesto que no pude ver nada. Sueño en negro y alguna que otra imagen se me revela como detrás de un plástico traslúcido. He vuelto a pintar sin saber los colores que uso. Con esto aprovecho de enseñarles a mis nietos la virtud de ver el mundo a través de mis sueños.
Acostumbrarme no fue fácil. Es más, no creo llegarlo a hacer. Sigo tropezándome con todo a mi paso, a veces pierdo el equilibrio y en ocasiones confundo las voces de mis nietos. No puedo mentirle a nadie, no es nada fácil.
Hace unas semanas me preguntó mi nieto Carlos que cómo soñamos los ciegos. Reaccioné muy ofendido. ¿Cómo era posible que ese chamaco se propusiera herirme de tal forma? Me sentí humillado, burlado… me sentí envidioso. No recuerdo si le contesté, pero sí que me levanté de la mesa del jardín, tropecé con una silla, luego con tres escalones, con un balón de americano y después con el marco de la puerta; y así: rebotando, llegué a mi cuarto y me senté en la cama a refunfuñar. Ya después de unos minutos, me di cuenta de que la pregunta era inteligente. Jamás me había puesto a reflexionar en la diferencia de mis sueños, con un antes y un después. Es más, no podía recordar si todavía soñaba.
Esa noche, me propuse hacer el experimento de poner atención a todo lo que apareciera en mis sueños. Fue después de días que tuve uno de esos que podría ser una revelación:
Es un jardín. El viento ha cobrado personalidad propia, es como si me susurrara algo. Las hojas de los árboles se mueven y aplauden todo eso que el viento dice. Las aves cantan y unas lo hacen tan bien que parece que recitan un poema ; otras, nada agraciadas, dan discursos políticos de esos que sólo dejan un rasposo malestar en la garganta. Creo que hay unas grandes porque el pillido es más profundo.
Es el jardín de mi casa. Los matorrales de la esquina están ahora haciendo una melodía de cascabeles. El viento; es el viento quien hace que todo tenga vida. Con un silbidito dirige toda una orquesta y con el vaho de su boca se dibuja en el espacio una mano que carga una batuta. El columpio rechina agudo y grave; agudo y grave… Es un vals; ese que solíamos escuchar mi esposa y yo. ¿Qué es ese zumbido? Izquierda… derecha… ¿qué es eso?... izquierda otra vez. ¿Será un colibrí? ¿Será?... - Prrrt – Prrrt. - ¿Alguna vez me había detenido a escuchar a un colibrí? - Prrrt – Prrrt. – Ese ruidito se ha quedado suspendido frente a mí. Me inquieta sentirlo tan cerca, que puedo escuchar el crujir de mi piel al enchinarse cada poro. ¿Qué hacen los colibríes? ¿Cantan, graznan, pillan?
Aquél gracioso sonido se ha convertido en un estruendo que se oye igual a un helicóptero. No entiendo por qué me he montado en él. No estoy seguro si es un colibrí gigante o es un helicóptero con plumas, pero ese ruido me taladra la mente y no me deja pensar. Bueno, ¿y para qué pensar?...
He decidido dejarme llevar. La velocidad corta el viento y hace chillar sus cuerdas de violín. ¡Qué locura! La primera sensación de libertad que tengo desde que perdí la vista. El ruido de las hélices del colibrí retumba en mi pecho que se vuelve tambor haciendo magia en un ritual. Mi respiración suena acompasadamente agitada, el viento zumba cada vez más agudo…
Abrí los ojos. Por supuesto que no pude ver nada. Sueño en negro y alguna que otra imagen se me revela como detrás de un plástico traslúcido. He vuelto a pintar sin saber los colores que uso. Con esto aprovecho de enseñarles a mis nietos la virtud de ver el mundo a través de mis sueños.
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