TESTIMONIO DE ALGUIEN QUE SÓLO VE EL NEGRO
Soy Antonio. Sesenta y siete años. Viudo. Pintor de acuarela y óleo. De brocha gorda cuando se volvía aburrido el color de la casa. Padre de dos jóvenes profesionistas. Uno es ingeniero y vive en Canadá y la otra, dentista. A los dos les gusta dibujar también. Abuelo de tres adolescentes incorregibles pero buenos muchachos. Lector por convicción. Estoy ciego desde hace cuatro años.
Acostumbrarme no fue fácil. Es más, no creo llegarlo a hacer. Sigo tropezándome con todo a mi paso, a veces pierdo el equilibrio y en ocasiones confundo las voces de mis nietos. No puedo mentirle a nadie, no es nada fácil.
Hace unas semanas me preguntó mi nieto Carlos que cómo soñamos los ciegos. Reaccioné muy ofendido. ¿Cómo era posible que ese chamaco se propusiera herirme de tal forma? Me sentí humillado, burlado… me sentí envidioso. No recuerdo si le contesté, pero sí que me levanté de la mesa del jardín, tropecé con una silla, luego con tres escalones, con un balón de americano y después con el marco de la puerta; y así: rebotando, llegué a mi cuarto y me senté en la cama a refunfuñar. Ya después de unos minutos, me di cuenta de que la pregunta era inteligente. Jamás me había puesto a reflexionar en la diferencia de mis sueños, con un antes y un después. Es más, no podía recordar si todavía soñaba.
Esa noche, me propuse hacer el experimento de poner atención a todo lo que apareciera en mis sueños. Fue después de días que tuve uno de esos que podría ser una revelación:
Es un jardín. El viento ha cobrado personalidad propia, es como si me susurrara algo. Las hojas de los árboles se mueven y aplauden todo eso que el viento dice. Las aves cantan y unas lo hacen tan bien que parece que recitan un poema ; otras, nada agraciadas, dan discursos políticos de esos que sólo dejan un rasposo malestar en la garganta. Creo que hay unas grandes porque el pillido es más profundo.
Es el jardín de mi casa. Los matorrales de la esquina están ahora haciendo una melodía de cascabeles. El viento; es el viento quien hace que todo tenga vida. Con un silbidito dirige toda una orquesta y con el vaho de su boca se dibuja en el espacio una mano que carga una batuta. El columpio rechina agudo y grave; agudo y grave… Es un vals; ese que solíamos escuchar mi esposa y yo. ¿Qué es ese zumbido? Izquierda… derecha… ¿qué es eso?... izquierda otra vez. ¿Será un colibrí? ¿Será?... - Prrrt – Prrrt. - ¿Alguna vez me había detenido a escuchar a un colibrí? - Prrrt – Prrrt. – Ese ruidito se ha quedado suspendido frente a mí. Me inquieta sentirlo tan cerca, que puedo escuchar el crujir de mi piel al enchinarse cada poro. ¿Qué hacen los colibríes? ¿Cantan, graznan, pillan?
Aquél gracioso sonido se ha convertido en un estruendo que se oye igual a un helicóptero. No entiendo por qué me he montado en él. No estoy seguro si es un colibrí gigante o es un helicóptero con plumas, pero ese ruido me taladra la mente y no me deja pensar. Bueno, ¿y para qué pensar?...
He decidido dejarme llevar. La velocidad corta el viento y hace chillar sus cuerdas de violín. ¡Qué locura! La primera sensación de libertad que tengo desde que perdí la vista. El ruido de las hélices del colibrí retumba en mi pecho que se vuelve tambor haciendo magia en un ritual. Mi respiración suena acompasadamente agitada, el viento zumba cada vez más agudo…
Abrí los ojos. Por supuesto que no pude ver nada. Sueño en negro y alguna que otra imagen se me revela como detrás de un plástico traslúcido. He vuelto a pintar sin saber los colores que uso. Con esto aprovecho de enseñarles a mis nietos la virtud de ver el mundo a través de mis sueños.
Acostumbrarme no fue fácil. Es más, no creo llegarlo a hacer. Sigo tropezándome con todo a mi paso, a veces pierdo el equilibrio y en ocasiones confundo las voces de mis nietos. No puedo mentirle a nadie, no es nada fácil.
Hace unas semanas me preguntó mi nieto Carlos que cómo soñamos los ciegos. Reaccioné muy ofendido. ¿Cómo era posible que ese chamaco se propusiera herirme de tal forma? Me sentí humillado, burlado… me sentí envidioso. No recuerdo si le contesté, pero sí que me levanté de la mesa del jardín, tropecé con una silla, luego con tres escalones, con un balón de americano y después con el marco de la puerta; y así: rebotando, llegué a mi cuarto y me senté en la cama a refunfuñar. Ya después de unos minutos, me di cuenta de que la pregunta era inteligente. Jamás me había puesto a reflexionar en la diferencia de mis sueños, con un antes y un después. Es más, no podía recordar si todavía soñaba.
Esa noche, me propuse hacer el experimento de poner atención a todo lo que apareciera en mis sueños. Fue después de días que tuve uno de esos que podría ser una revelación:
Es un jardín. El viento ha cobrado personalidad propia, es como si me susurrara algo. Las hojas de los árboles se mueven y aplauden todo eso que el viento dice. Las aves cantan y unas lo hacen tan bien que parece que recitan un poema ; otras, nada agraciadas, dan discursos políticos de esos que sólo dejan un rasposo malestar en la garganta. Creo que hay unas grandes porque el pillido es más profundo.
Es el jardín de mi casa. Los matorrales de la esquina están ahora haciendo una melodía de cascabeles. El viento; es el viento quien hace que todo tenga vida. Con un silbidito dirige toda una orquesta y con el vaho de su boca se dibuja en el espacio una mano que carga una batuta. El columpio rechina agudo y grave; agudo y grave… Es un vals; ese que solíamos escuchar mi esposa y yo. ¿Qué es ese zumbido? Izquierda… derecha… ¿qué es eso?... izquierda otra vez. ¿Será un colibrí? ¿Será?... - Prrrt – Prrrt. - ¿Alguna vez me había detenido a escuchar a un colibrí? - Prrrt – Prrrt. – Ese ruidito se ha quedado suspendido frente a mí. Me inquieta sentirlo tan cerca, que puedo escuchar el crujir de mi piel al enchinarse cada poro. ¿Qué hacen los colibríes? ¿Cantan, graznan, pillan?
Aquél gracioso sonido se ha convertido en un estruendo que se oye igual a un helicóptero. No entiendo por qué me he montado en él. No estoy seguro si es un colibrí gigante o es un helicóptero con plumas, pero ese ruido me taladra la mente y no me deja pensar. Bueno, ¿y para qué pensar?...
He decidido dejarme llevar. La velocidad corta el viento y hace chillar sus cuerdas de violín. ¡Qué locura! La primera sensación de libertad que tengo desde que perdí la vista. El ruido de las hélices del colibrí retumba en mi pecho que se vuelve tambor haciendo magia en un ritual. Mi respiración suena acompasadamente agitada, el viento zumba cada vez más agudo…
Abrí los ojos. Por supuesto que no pude ver nada. Sueño en negro y alguna que otra imagen se me revela como detrás de un plástico traslúcido. He vuelto a pintar sin saber los colores que uso. Con esto aprovecho de enseñarles a mis nietos la virtud de ver el mundo a través de mis sueños.
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CUÁNTO PARA OLVIDAR
Era noviembre y las rosas del jardín habían quedado cubiertas por la nieve. A Aurelia le sudaban las manos y se las secaba nada delicadamente en el vestido nuevo. Su padre venía de regreso.
Después de cinco años de no verle, Aurelia se preguntaba si esta vez se quedaría para siempre.
- ¿Se acuerda de mí?
- ¡Claro que sí! - contestó su madre, quien a penas podía sujetarle el cabello a la niña por tanto movimiento.
- ¿Otra vez se va a ir?
- Quédate quieta, Aurelia, o no voy a poder terminar de peinarte nunca. ¿Te lavaste ya los dientes?
Aurelia pasó su lengua por todos sus dientes para cerciorarse de que mamá no descubriera la mentira.
- Claro, mamá. Eso fue lo primero que hice antes de ponerme la ropa. ¿A qué hora nos vamos?
- Debemos estar a las ocho, a más tardar.
- ¿Y qué hora es?
- Las siete.
Afuera se alcanzó a oír la bocina de un coche que se anunciaba.
- Por favor, Aurelia. Haz que esta vez te dure el peinado más de tres horas. Papá debe verte impecable. ¿Te acuerdas de lo que le vas a decir?
- Sí.
- A ver. Repítemelo.
- Le voy a decir que me da mucho gusto volverlo a ver y que espero que su viaje haya sido… ¿Crees que me haya traído algún regalo?
- No lo sé, mi niña. Debes entender que papá viene cansado. No debes molestarlo con ese tipo de preguntas. Anda. Baja a decirle a Ramón que no tardo. Sólo busco una chalina.
Bajó las escaleras a toda prisa como cuando llegaban los regalos en la navidad. Papá venía de regreso. Sus mejillas rojas hacían el contraste perfecto con la nieve y sus ojos brillaban como dos monedas de plata.
- Mamá dice que ya viene. ¿Crees que me veo bonita para mi papá?
- Por supuesto que sí, niña Aurelia. Se vería hermosa para su padre, aun vistiendo la ropa de dormir.
- Tenemos que estar allá a las ocho. ¿Qué hora es, Ramón?
- Son las siete con diez, niña Aurelia. Suba.
Con aires de señora de la casa, la chiquilla extendió la mano a Ramón para que éste le ayudara a subir al coche. Ya sentada, se extendió el vestido y acomodó su abrigo. Con casi siete años cumplidos, ella no podía recordar la cara de su padre aunque todo el tiempo dijera que sí, pero no le importaba, ya que iba a reencontrarse con él y eso la hacía sentir orgullosa y satisfecha de tener por fin, alguien a quien llamar “papá”.
- Gracias, Ramón. Vámonos. Aurelia, cierra la ventana o te va a hacer daño.
Emprendieron de inmediato el camino y el silencio se apoderó del lugar. Aurelia estaba ansiosa y feliz: dos razones suficientes para cumplir con el deseo de su madre de permanecer más de tres horas, peinada. Tanto tiempo había pasado, que la voz de su padre se fue diluyendo en las sombras de su mente. Tal vez era mudo, o hablaba otro idioma, o simplemente era un hombre muy cayado. De cualquier manera, ella sabía que cantaba de vez en cuando.
- ¿Se acuerda de mí, mamá?
Era muy extraño que él sí pudiera recordarla y ella no. Por más que cerraba los ojos hasta parecer dos ciruelas pasas, Aurelia no podía acordarse ni del más mínimo rasgo. En sus fantasías era un hombre totalmente hecho, pero al momento de extraerlas de su mente, la imagen se elevaba como el humo del chocolate caliente que tomaba cada noche.
- Claro que sí, hija. ¿Vas a querer irlo a recibir tú sola para darle la sorpresa?
Era lo que más deseaba. Poder correr hacia él y colgarse de su cuello para no soltarlo nunca más. Pero era inútil. Ella no podría hacer eso, porque no era suficiente el llamado de la sangre. Su padre, era un hombre imaginado, del cuello para abajo. Pero, ¿cómo decirlo?
- No, mami. Quiero que las dos le demos la sorpresa y llenarlo de besos. Traje a “Nordi”; se lo voy a regalar para darle la bienvenida.
Mamá sonrió y volvió a quedarse callada. Miraba por la ventana del auto. Quizás pensaba si él la había extrañado tanto como ella lo hizo, si estaría diferente, si todavía le parecería atractiva; probablemente le preocupaba si todavía la amaba. Aurelia sólo se movía de un lado a otro en el asiento. Seguramente papá le había traído muchos regalos. Uno por cada cumpleaños y por cada navidad que no estuvieron juntos, además de otros que simplemente eran peticiones de perdón envueltas en peluche y caramelo. El vestido ya estaba lo suficientemente arrugado y el peinado…
- ¡Por fin vamos a ver a papá, mamá! ¿Qué va a pasar si no se acuerda?
- Aurelia, hija; ya te dije que no tiene por qué haberte olvidado. Siéntate bien.
Aurelia soñaba cada navidad que papá estuviera presente. Todas las noches antes, deseaba que él viniera y la cobijara, le diera un beso y prometiera no volver a irse. Pero siempre eran sueños. Quería poder jugar con él entre la nieve, hacer las tareas de la escuela y volver a jugar; y ya estando cansados, recostarse en su pecho y escuchar su corazón como escuchaba a veces el de su madre; pero siempre eran sueños. Quería preguntarle qué tanto había hecho mientras no estuvo en casa, cuánta gente había conocido; si había traído regalos y si en realidad eso que fue a hacer durante cinco años valió la pena como para haberla dejado. Quería llorar de felicidad y también de tristeza, pero obviamente no lo sabía porque era muy chica. Ella sólo pensaba que estaba emocionada y que quería verlo, olerlo y esta vez sí aprenderse de memoria su cara, por si acaso…
- Ramón, ¿ya vamos a llegar?
- Todavía falta un poco, niña Aurelia.
- Mamá, ¿y si se tiene que ir de nuevo? ¿qué vamos a hacer?
Mamá tenía pánico. ¿Y si en verdad no venía para quedarse?
- Mira, hija. Vamos a ver qué pasa. Aún no lo hemos visto y ya estás con preguntas que no sé cómo contestar en este momento. Por favor, ya siéntate bien. Ve nada más cómo está tu vestido.
El problema no era sólo que no se acordara de ella. Al final, no podía reclamarle nada, porque ella misma había perdido la imagen de su cabeza en alguno de esos años. Todo el tiempo trataba de visualizarlo: era un hombre alto, delgado, con piel un tanto apiñonada y un bigote que aseguraba ella, le haría cosquillas al besarla; su cabello era café y muy suave. Aunque nunca lo hubiera hecho, sabía que le encantaba enredar ahí sus deditos. Papá de vez en cuando escribía canciones para ella. Chiflaba todas las mañanas mientras se bañaba, la misma melodía que ella tenía en su cajita musical. Su papá era el más inteligente de todos los papás. Su papá era el mejor. Digno de mandarle a hacer una estatua justo en el jardín de enfrente de la casa. El problema real, era que tuviera que irse de nuevo.
- ¡Por fin! – Gritó eufórica, Aurelia.
- Ciérrate bien el abrigo y por favor, átate los zapatos.
Hasta las imposiciones sonaron como palabras dulces. Aurelia bajó del coche de un brinco, hizo caso sin protestar y de inmediato corrió a darle la mano a su mamá. El peinado estaba a punto de no cumplir con las tres horas y como pudo, mientras iban caminando lo detuvo con un pasador. Mamá se agachó frente a su hija.
- Dame un beso, mi niña.
En esa petición iba todo el sentimiento acumulado en cinco años. La madre se volvió indefensa, y Aurelia, con un simple beso le mostró a su madre que siempre estaría a lado de ella. Todo sería mucho mejor ahora que papá había regresado.
De pronto, mamá apretó la mano de Aurelia.
- ¡Papá! – Gritó la niña sin saber exactamente a dónde dirigir el grito.
La gente caminaba hacia todas direcciones. Aurelia jalaba a mamá y empujaba todas las piernas que se cruzaban en su camino para abrirse paso… ahí estaba él. Un hombre medio alto, ancho de espaldas y con una palidez nada común. Mamá corrió tres pasos para aproximarse a donde él estaba y Aurelia, que no sabía exactamente a quién ver, gritó de nuevo emocionada: - ¡Papá! ¡Papá!
El hombre se puso en cuclillas y con los brazos abiertos para abrazarla de inmediato. Quién sabe como pasaron las cosas tan rápido que Aurelia ya colgaba de sus brazos. El mundo se había callado por completo y todo se hacía lento. Aurelia sintió un estremecimiento de arriba abajo, tan fuerte, que se le cayó un zapato.
- ¡Tú no eres mi papá! ¡Déjame!
- De los ojos grises de Aurelia se desparramaron cataratas. Pataleaba, le decía que la soltara y que de una vez la bajara. El mundo recuperó su movilidad, y todos la miraban. Quería controlarse, pero no podía. No era dueña ni de sus lágrimas, ni de su respiración, ni del sudor que le brotaba de las manos, ni mucho menos de ese rechazo que sintió en su corazón. Era un sentimiento que la rebasaba, al cual no podía darle un nombre. No se parecía a nada de lo que antes hubiera sentido. Una vez tocando el piso, se escondió detrás de mamá. El hombre que estaba parado ahí, esperando un abrazo, no era ese que ella se había forjado en fantasías. Su papá era por completo diferente. Su papá no era como él. Su papá era alto, delgado y tenía un bigote que hacía cosquillas, cantaba de vez en cuando y escribía canciones para ella.
Después de cinco años de no verle, Aurelia se preguntaba si esta vez se quedaría para siempre.
- ¿Se acuerda de mí?
- ¡Claro que sí! - contestó su madre, quien a penas podía sujetarle el cabello a la niña por tanto movimiento.
- ¿Otra vez se va a ir?
- Quédate quieta, Aurelia, o no voy a poder terminar de peinarte nunca. ¿Te lavaste ya los dientes?
Aurelia pasó su lengua por todos sus dientes para cerciorarse de que mamá no descubriera la mentira.
- Claro, mamá. Eso fue lo primero que hice antes de ponerme la ropa. ¿A qué hora nos vamos?
- Debemos estar a las ocho, a más tardar.
- ¿Y qué hora es?
- Las siete.
Afuera se alcanzó a oír la bocina de un coche que se anunciaba.
- Por favor, Aurelia. Haz que esta vez te dure el peinado más de tres horas. Papá debe verte impecable. ¿Te acuerdas de lo que le vas a decir?
- Sí.
- A ver. Repítemelo.
- Le voy a decir que me da mucho gusto volverlo a ver y que espero que su viaje haya sido… ¿Crees que me haya traído algún regalo?
- No lo sé, mi niña. Debes entender que papá viene cansado. No debes molestarlo con ese tipo de preguntas. Anda. Baja a decirle a Ramón que no tardo. Sólo busco una chalina.
Bajó las escaleras a toda prisa como cuando llegaban los regalos en la navidad. Papá venía de regreso. Sus mejillas rojas hacían el contraste perfecto con la nieve y sus ojos brillaban como dos monedas de plata.
- Mamá dice que ya viene. ¿Crees que me veo bonita para mi papá?
- Por supuesto que sí, niña Aurelia. Se vería hermosa para su padre, aun vistiendo la ropa de dormir.
- Tenemos que estar allá a las ocho. ¿Qué hora es, Ramón?
- Son las siete con diez, niña Aurelia. Suba.
Con aires de señora de la casa, la chiquilla extendió la mano a Ramón para que éste le ayudara a subir al coche. Ya sentada, se extendió el vestido y acomodó su abrigo. Con casi siete años cumplidos, ella no podía recordar la cara de su padre aunque todo el tiempo dijera que sí, pero no le importaba, ya que iba a reencontrarse con él y eso la hacía sentir orgullosa y satisfecha de tener por fin, alguien a quien llamar “papá”.
- Gracias, Ramón. Vámonos. Aurelia, cierra la ventana o te va a hacer daño.
Emprendieron de inmediato el camino y el silencio se apoderó del lugar. Aurelia estaba ansiosa y feliz: dos razones suficientes para cumplir con el deseo de su madre de permanecer más de tres horas, peinada. Tanto tiempo había pasado, que la voz de su padre se fue diluyendo en las sombras de su mente. Tal vez era mudo, o hablaba otro idioma, o simplemente era un hombre muy cayado. De cualquier manera, ella sabía que cantaba de vez en cuando.
- ¿Se acuerda de mí, mamá?
Era muy extraño que él sí pudiera recordarla y ella no. Por más que cerraba los ojos hasta parecer dos ciruelas pasas, Aurelia no podía acordarse ni del más mínimo rasgo. En sus fantasías era un hombre totalmente hecho, pero al momento de extraerlas de su mente, la imagen se elevaba como el humo del chocolate caliente que tomaba cada noche.
- Claro que sí, hija. ¿Vas a querer irlo a recibir tú sola para darle la sorpresa?
Era lo que más deseaba. Poder correr hacia él y colgarse de su cuello para no soltarlo nunca más. Pero era inútil. Ella no podría hacer eso, porque no era suficiente el llamado de la sangre. Su padre, era un hombre imaginado, del cuello para abajo. Pero, ¿cómo decirlo?
- No, mami. Quiero que las dos le demos la sorpresa y llenarlo de besos. Traje a “Nordi”; se lo voy a regalar para darle la bienvenida.
Mamá sonrió y volvió a quedarse callada. Miraba por la ventana del auto. Quizás pensaba si él la había extrañado tanto como ella lo hizo, si estaría diferente, si todavía le parecería atractiva; probablemente le preocupaba si todavía la amaba. Aurelia sólo se movía de un lado a otro en el asiento. Seguramente papá le había traído muchos regalos. Uno por cada cumpleaños y por cada navidad que no estuvieron juntos, además de otros que simplemente eran peticiones de perdón envueltas en peluche y caramelo. El vestido ya estaba lo suficientemente arrugado y el peinado…
- ¡Por fin vamos a ver a papá, mamá! ¿Qué va a pasar si no se acuerda?
- Aurelia, hija; ya te dije que no tiene por qué haberte olvidado. Siéntate bien.
Aurelia soñaba cada navidad que papá estuviera presente. Todas las noches antes, deseaba que él viniera y la cobijara, le diera un beso y prometiera no volver a irse. Pero siempre eran sueños. Quería poder jugar con él entre la nieve, hacer las tareas de la escuela y volver a jugar; y ya estando cansados, recostarse en su pecho y escuchar su corazón como escuchaba a veces el de su madre; pero siempre eran sueños. Quería preguntarle qué tanto había hecho mientras no estuvo en casa, cuánta gente había conocido; si había traído regalos y si en realidad eso que fue a hacer durante cinco años valió la pena como para haberla dejado. Quería llorar de felicidad y también de tristeza, pero obviamente no lo sabía porque era muy chica. Ella sólo pensaba que estaba emocionada y que quería verlo, olerlo y esta vez sí aprenderse de memoria su cara, por si acaso…
- Ramón, ¿ya vamos a llegar?
- Todavía falta un poco, niña Aurelia.
- Mamá, ¿y si se tiene que ir de nuevo? ¿qué vamos a hacer?
Mamá tenía pánico. ¿Y si en verdad no venía para quedarse?
- Mira, hija. Vamos a ver qué pasa. Aún no lo hemos visto y ya estás con preguntas que no sé cómo contestar en este momento. Por favor, ya siéntate bien. Ve nada más cómo está tu vestido.
El problema no era sólo que no se acordara de ella. Al final, no podía reclamarle nada, porque ella misma había perdido la imagen de su cabeza en alguno de esos años. Todo el tiempo trataba de visualizarlo: era un hombre alto, delgado, con piel un tanto apiñonada y un bigote que aseguraba ella, le haría cosquillas al besarla; su cabello era café y muy suave. Aunque nunca lo hubiera hecho, sabía que le encantaba enredar ahí sus deditos. Papá de vez en cuando escribía canciones para ella. Chiflaba todas las mañanas mientras se bañaba, la misma melodía que ella tenía en su cajita musical. Su papá era el más inteligente de todos los papás. Su papá era el mejor. Digno de mandarle a hacer una estatua justo en el jardín de enfrente de la casa. El problema real, era que tuviera que irse de nuevo.
- ¡Por fin! – Gritó eufórica, Aurelia.
- Ciérrate bien el abrigo y por favor, átate los zapatos.
Hasta las imposiciones sonaron como palabras dulces. Aurelia bajó del coche de un brinco, hizo caso sin protestar y de inmediato corrió a darle la mano a su mamá. El peinado estaba a punto de no cumplir con las tres horas y como pudo, mientras iban caminando lo detuvo con un pasador. Mamá se agachó frente a su hija.
- Dame un beso, mi niña.
En esa petición iba todo el sentimiento acumulado en cinco años. La madre se volvió indefensa, y Aurelia, con un simple beso le mostró a su madre que siempre estaría a lado de ella. Todo sería mucho mejor ahora que papá había regresado.
De pronto, mamá apretó la mano de Aurelia.
- ¡Papá! – Gritó la niña sin saber exactamente a dónde dirigir el grito.
La gente caminaba hacia todas direcciones. Aurelia jalaba a mamá y empujaba todas las piernas que se cruzaban en su camino para abrirse paso… ahí estaba él. Un hombre medio alto, ancho de espaldas y con una palidez nada común. Mamá corrió tres pasos para aproximarse a donde él estaba y Aurelia, que no sabía exactamente a quién ver, gritó de nuevo emocionada: - ¡Papá! ¡Papá!
El hombre se puso en cuclillas y con los brazos abiertos para abrazarla de inmediato. Quién sabe como pasaron las cosas tan rápido que Aurelia ya colgaba de sus brazos. El mundo se había callado por completo y todo se hacía lento. Aurelia sintió un estremecimiento de arriba abajo, tan fuerte, que se le cayó un zapato.
- ¡Tú no eres mi papá! ¡Déjame!
- De los ojos grises de Aurelia se desparramaron cataratas. Pataleaba, le decía que la soltara y que de una vez la bajara. El mundo recuperó su movilidad, y todos la miraban. Quería controlarse, pero no podía. No era dueña ni de sus lágrimas, ni de su respiración, ni del sudor que le brotaba de las manos, ni mucho menos de ese rechazo que sintió en su corazón. Era un sentimiento que la rebasaba, al cual no podía darle un nombre. No se parecía a nada de lo que antes hubiera sentido. Una vez tocando el piso, se escondió detrás de mamá. El hombre que estaba parado ahí, esperando un abrazo, no era ese que ella se había forjado en fantasías. Su papá era por completo diferente. Su papá no era como él. Su papá era alto, delgado y tenía un bigote que hacía cosquillas, cantaba de vez en cuando y escribía canciones para ella.
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